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La creencia religiosa

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1. La religión como acto personal.




Tomemos como punto de partida el hecho de que el presente artículo trata acerca de las relaciones que se entretejen en el telar de un fenómeno individual con repercusiones sociales: la religión. El tema suele ser apasionante, por ello aclaremos de una vez que no pretendemos que el contenido de este documento sea entendido como la verdad absoluta, y acaso deba tomarse como una opinión más en medio de muchas otras. Tampoco es un artículo que resuelve el problema de entender la religión, de hecho el tema lo soltamos justo antes de vernos obligados a empezar a juzgar a las creencias como buenas o malas.

En cualquier caso, nuestro propósito al incluir este artículo es informar cómo a la luz de la antropología y la psicología evolutiva, la capacidad de pensamiento religioso, y la elección de creencias religiosas, cualquiera que éstas sean, son posibles en el hombre como una habilidad del pensamiento que le es inherente, o si se prefiere, como una función cerebral que forma parte de su diseño; asimismo explicaremos por qué, contrario a la idea generalizada de que uno puede creer cualquier cosa, en realidad sólo se puede creer en un muy limitado grupo de principios, no porque alguien externo nos impida depositar nuestra fe en lo que sea, sino porque nuestros mecanismos lógicos o psíquicos son el principal filtro que nos hace elegir sólo aquello que puede aportarnos sentido.

Habrá más de un lector que esté sumamente complacido con escuchar que la capacidad de pensamiento religioso es una condición natural del hombre, casi equiparable a un
instinto cognoscitivo (si se nos permite el uso de este término) pero no esté de acuerdo con el hecho de que las personas “desperdicien” esta condición natural en creencias distinta a la que dicho lector profesa. Ante ello no nos resta sino coincidir con Niklas Luhmann cuando dice que el concepto de religión implica tolerancia.

Para nosotros, las organizaciones y grupos religiosos se integran por la congregación de creencias individuales que coinciden y se comparten, y que en medida que las personas se apropian de un dogma común y lo hacen suyo, ahí radica la solidez de un grupo religioso.

Luhmann comienza su obra La religión de la sociedad
(1) con la siguiente reflexión:

“¿En qué reconocemos que en determinados fenómenos sociales se trata de religión? Para un creyente esta pregunta acaso carezca de sentido. Él puede señalar aquello en lo que cree y atenerse a ello. Podría negar que la denominación de religión le aporte algo. Podría hasta incluso rechazarla por ver en ella una clasificación de fenómenos que lo encierra en una categoría con otros estados de cosas, cuya credibilidad desestimaría. El concepto de religión parece ser entonces un concepto cultural, un concepto que implica tolerancia.”

Esta cita puede ser también un buen principio para el presente artículo, mismo que no se encarará desde el punto de vista del creyente, que como bien dice Luhmann, puede rechazar por razones ontológicas la definición misma de religión, pues ello conllevaría a reflexionar en que hay muchas religiones y que, ante tal diversidad, la suya propia no es ya única e infalible, sino una de tantas.

Bajo esta óptica, pareciera que ser un verdadero creyente está peleado con reconocer que existen otras religiones además de la que uno profesa. Nosotros creemos que no necesariamente debe ser así, y que en el fondo la religión puede ser un acto personal que encuentra un eco social en grupos y organizaciones, pero en el fondo sigue siendo algo personalísimo.

Una familia puede pertenecer por completo a una religión, y sin embargo cada uno de sus integrantes puede guardar una comprensión distinta de los mismos fundamentos religiosos, lo cual parece sugerir que cada quién vive la religión a su manera, sin que ello signifique caer en un liberalismo caótico (ya explicaremos por qué). Las normas religiosas se mantienen en su sitio, no porque haya un gendarme que vigile que los principios y conceptos no se distorsionen, sino porque, con independencia de en qué se crea, la misma capacidad personal para desarrollar la creencia religiosa guarda celosamente ciertas características que las personas no pueden alterar ni distorsionar.

Resumiendo, el acto religioso es, en su medida más mínima pero también más auténtica, un suceso personal; y la creencia religiosa guarda una estructura sin la cual sencillamente no es creencia religiosa.

2. Existen muchas religiones.

Empecemos por señalar una realidad evidente: En el mundo hay muchas religiones. El siguiente mapa, basado en los datos que reflejaba en el año 2003 la Encyclopaedia Britannica, nos puede dar una muestra de ello.



En México, país donde existe una apabullante mayoría cristiana (Católicos, Protestantes y otras), todavía sorprende la información de que la religión con más fieles en el mundo es el Islam. Al margen de esto, existen otras religiones que, aunque no están en los primeros lugares porcentuales de afiliación en el mundo, gozan de una cantidad impresionante de fieles. Sencillamente, entre las llamadas religiones orientales (Budismo e Hinduismo) suman un 19.2 del porcentaje de fieles mundiales, mientras que el porcentaje Católico asciende a un 17.4; tanto en unas como en la otra hay, de todas maneras, una inmensidad de creyentes.

No se trata de una competencia, sino de una afirmación simple: Existen muchas religiones y los fieles de cada grupo creen estar en la religión correcta y verdadera.

Pueden realizarse otras comparativas y, se esté de acuerdo o no con los datos arrojados, la conclusión sigue siendo que hay diversidad.



Si bien es evidente que existen distintas religiones, el tema del presente artículo no es reflexionar en esta diversidad, sino más bien hablar de aquello que tienen en común todas las religiones, que es: la creencia religiosa.

3. La capacidad de fe: un logro evolutivo.

Aclarémoslo de una vez, en el presente artículo no trataremos a la creencia religiosa como sustantivo, donde cada enseñanza filosófica, cada suceso que se expone como parte de un dogma, cada convicción interna, es una “creencia” que puede ser objeto de tráfico, traslado o comunicación; sino más bien consideraremos la creencia
en cuanto proceso que ejecuta una persona, la creencia como una actividad que las personas realizan. Dado que esto puede ser confuso, pongamos un ejemplo:

Imaginemos que tres personas expresan, sobre un mismo tema, su “creencia religiosa”:

  • “En mi iglesia creemos que el cuerpo está animado por el espíritu, y éste, a diferencia del cuerpo, es inmortal. Al morir entramos en una etapa de aguardar el llamado del Señor. Al final, Dios nos recibirá en un paraíso que tiene dispuesto para nosotros.”


  • “En mi iglesia creemos que nuestro real ser es el espíritu, mismo que es inmortal, que viaja de cuerpo en cuerpo hasta que adquiere la santidad. Cuando te iluminas, te disuelves en Dios, donde la dualidad deja de existir.”


  • "En mi iglesia creemos que esta vida es una prueba que Dios nos pone para ver si somos lo suficientemente buenos. Una vida sencilla y de obediencia te garantiza una estancia en el cielo después de la muerte; en cambio, una vida perdida en placeres y desobediencias te condenará a un castigo eterno al que llamamos infierno.”


Estas expresiones mostrarían que creencia es “aquello en que creen”, es decir, como sustantivo, y es distinto del “acto de estar creyendo”, o sea, como función o mecanismo que realizamos cuando creemos, es decir, como proceso. Para efectos de este documento asumimos la creencia religiosa como acto, justo como esa función que realiza la persona teniendo como objeto la creencia como sustantivo, pero no confundiéndose con él. No nos centramos en qué cree, sino cómo cree, qué pasa cuando cree. Una persona puede tener cualquiera de las tres convicciones que transcribimos líneas arriba, pero haber utilizado un mecanismo similar para creer cualquiera de ellas.

La creencia como proceso puede describirse como la incorporación de un conocimiento significativo y el desarrollo de acciones partiendo de él; en el ejemplo, la persona abraza el dogma (cualquiera de los tres que citamos) y reduce ansiedad al mitigar el miedo a su propia mortalidad, soporta el dolor que implica la muerte de otros en tanto que “conoce” el proceso que ese otro está viviendo; su vida transcurre dentro de límites morales y de bondad que le hagan congruente con las ideas que ya abrazó, etc., ese conjunto de acciones sería para nosotros la creencia religiosa.



Si bien hemos referido que, aunque las religiones dirigen su devoción a muy distintas figuras, el pensamiento religioso coincide en sus características estructurales, tanto así que el alejamiento de tales características estructurales nos hacen suponer que la creencia de que se trate podrá aludir a elementos intangibles, pero sin ser una “idea religiosa” en estricto.

Con lo anterior, podemos adelantar que no porque un pensamiento deposite esperanzas en algo intangible o mágico ya deba considerarse religioso, pues el pensamiento religioso es mucho más que simplemente imaginar.

Ya sabemos que la mayoría de las religiones rechazan categóricamente la Teoría de la Evolución porque de alguna manera contradice la interpretación literal de algunos de sus textos fundamentales. Tanto Darwin como su teoría evolutiva fueron objeto de infinidad de vilipendios, mismas que en su mayoría provienen de gente que ni siquiera se tomó el tiempo de leer la obra de este científico. Así, el prejuicio popular se puede resumir en aquella vieja burla que se le hizo al citado naturalista: “¡Usted provendrá del mono, yo no!”.

En realidad la Teoría de la Evolución no propone la idea de un mono que mejora evolutivamente para derivar en hombre, sino por el contrario, propone que el hombre es una especie única en su clase que, de cierto, se remonta a un origen genético común no sólo con los demás primates, sino con los mamíferos en general, surgiendo como hombre, no como mono que un día se convierte en hombre.

No pretendemos, con estas menciones superficiales, reivindicar a Darwin, pero acaso debamos aclarar que hay un punto en el que sí coincidimos con la teoría evolutiva, y esto es: el hecho de que las especies se adaptan a su entorno, mejorando sus habilidades y capacidades instintivas. Un ejemplo claro puede ser el cómo los habitantes de la Ciudad de México han desarrollado anticuerpos que les permiten soportar de mejor manera las condiciones de contaminación que hay en dicha ciudad. Como ese ejemplo habrá más; sencillamente, si uno nace y vive en América y va a viajar a África o a Asia, es recomendable someterse a algunas vacunas que la gente que vive en dichos lugares no necesita (porque ellos ya nacen adaptados para soportar algunos padecimientos endémicos).

El todo caso, lo que interesa a nuestro tema es que, así como el organismo se adapta para lograr mejores capacidades de supervivencia, nuestro sistema psíquico, entendiéndose con ello la suma de operaciones de nuestro aparato cerebral (las funciones operativas que ahí se desarrollan y sus contenidos psicológicos) también ha sido objeto de mejoras; tantas que colocan al ser humano (a todas luces un mamífero carente de garras, cabello, agilidad, colmillos, mimetismo, vuelo, nado, etc.) en un nicho muy competitivo en la escala natural, donde su principal “adelanto tecnológico” es, precisamente, su sistema psíquico.

Irónicamente, es la psicología evolutiva la que mejor explica por qué el pensamiento religioso no sólo es inevitable para el hombre, sino que constituye una de sus habilidades psíquicas fundamentales que le dota de un sentido de autopercatación, socialización, y un largo etcétera. De ahí que aquella especulación en la que se dice que
“si un hombre quedara varado en una isla desierta, pese a su soledad y pese a que nadie le hablase de la existencia de Dios, lo intuiría”, tiene mucho fundamento.

4. El origen y razón de ser de las religiones.

Vamos a dar paso a algunas explicaciones desde el punto de vista de la antropología y la psicología evolutiva, según lo explica Pascal Boyer (2), y para ello quizá debamos hacer una aclaración previa trayendo a la memoria una entrevista que se le hizo a Joan Manuel Serrat, en la que éste decía: “Por aquellos años había gente que le gustaba que cantara en catalán, pero no le gustaba que cantara en español; había gente que amaba que cantara en español, pero no le gustaba que cantara en catalán; es más, había gente a la que ni siquiera le gustaba que yo cantara. No era posible darle gusto a todos.” Traemos a corolario esta entrevista porque seguramente con este tema será imposible darle gusto a todo el mundo. Por lo tanto, sirva este párrafo como advertencia de que si Usted lector, en el instante en que los resultados arrojados por la psicología evolutiva o la antropología se oponen a sus creencias, descalifica todo lo que se diga, sencillamente puede abstenerse de leer este documento, o leerlo como mera cultura general; ya hemos dicho, esto no es la verdad absoluta y solamente es una forma de explicar cómo es que el pensamiento religioso es una habilidad inherente del hombre, lo cual nos llevará a entender mejor la llamada creencia religiosa.

El propósito de
Counseling Humanista dista mucho de querer relativizar el pensamiento religioso o reducirlo a una mera superstición, de hecho, si es que de algo sirve esta aclaración, quienes integramos Counseling Humanista coincidimos en la importancia del pensamiento religioso y tenemos, cada uno, nuestras propias creencias religiosas, lo cual no sería posible si creyéramos que la religión es irrelevante o una mera superstición.

Aclarado esto, pasemos a nuestro tema.

Los antropólogos parten de una inquietud inicial. ¿Cuál es el origen de la religión y para qué sirve? Pascal Boyer lo resume así:
“La mente humana exige explicaciones, el corazón humano busca consuelo, la sociedad humana requiere orden, y el intelecto humano tiende a la ilusión”.

Esto hace que las respuestas se aglutinen en cuatro grupos diferentes:

  • 1. La religión como fuente de explicaciones. En un principio explicaba los fenómenos naturales, haciendo controlable lo incontrolable de la naturaleza; explica las experiencias psíquicas que escapan a explicaciones lógicas, tales como sueños, premoniciones, etc.; explica el origen primordial de las cosas; y explica la existencia del bien y del mal, de la dicha, y sobre todo, del sufrimiento.


  • 2. La religión como fuente de consuelo. Dota a la persona de una noción de su lugar y misión en el mundo, reduciendo la ansiedad que produce la falta de arraigo y de propósito; y proporciona consuelo al brindar un marco de creencias en las que se hace más tolerable la idea de la mortalidad.


  • 3. La religión como fuente de orden social. Desde tiempo inmemorial, el pensamiento religioso fungió como elemento que mantenía unida a la sociedad, sentando las bases de una organización ordenada y moral. La religión supuso una fuente del orden social ahí donde los liderazgos eran inexistentes o incontinuos, aun antes que el derecho o los sistemas de gobierno.


  • 4. La religión como respuesta a la tendencia natural del hombre hacia la ilusión. Mediante esta faceta las personas pueden creer cualquier cosa y coincidir, con la consabida simplificación consecuencia de que la creencia religiosa sea, por naturaleza, irrefutable, propiciando el creer en vez del refutar.


4.1. La religión como fuente de explicaciones

Si algún ser de otro planeta diera un paseo por la Tierra con la intención de integrar un libro relativo a las especies de nuestro planeta, haría como nosotros hacemos con las especies animales.

Seguramente cualquiera de nuestros lectores ha visto un libro de historia natural y haya revisado un grupo de párrafos y fotos de leones. En los párrafos se dirá que son carnívoros, territoriales, que tienen una organización fundamentalmente matriarcal, se dirá que los machos son más bien huraños y solitarios, se narrarán toda serie de comportamientos y se les identificará como fruto de su instinto, además se harán toda serie de indicaciones a lo que podríamos llamar como el temperamento de esa especie.

Si pasamos a otra parte del libro podremos ver serpientes y hienas, perros y canguros. Cuando vemos las fotos lo único que nos interesa es saber que se trata de un león, y nada más. Las diferencias entre el rostro de un león y otro no nos interesan en lo más mínimo; tampoco reparamos en todas esas cosas que le dan singularidad a cada ejemplar, su complexión, su “corte de cabello”, sus cicatrices, sin embargo cada uno de ellos tiene estas características particulares. Cada ejemplar es distinto, pero descartamos todos esos rasgos particulares porque de ellos no nos interesa más que saber que se trata de un “león”.

Quizá si adoptáramos un león desde cachorro y nos familiarizáramos con él, haríamos una distinción de su rostro y demás características, pero sólo así. Por lo demás, nos quedaríamos con la descripción general de lo que un león es, con sus características físicas, con sus habilidades instintivas y su temperamento.

Si nos vinieran a clasificar, esos seres de otro mundo comenzarían a detallar aquellas características instintivas que tenemos. Notarían que los comportamientos de nuestra especie varían demasiado dependiendo de la zona del mundo en que vivimos (el mapa de las religiones que se incluye anteriormente puede dar pistas del por qué de muchas de esas diferencias).

Muy probablemente nos clasificarían por razas, pero no prestarían atención a las diferencias de entre un rostro u otro de entre personas de la misma raza, describirían la forma en que nos reproducimos, nuestras etapas vitales, nuestras habilidades instintivas y, como este ser de otro planeta no sabría nuestras costumbres, encontraría que nuestra manera de ser está llena de misterios y actitudes incomprensibles. Especialmente contradictorio sería para este ser el lenguaje, y más aún lo sería el comportamiento religioso, gente haciendo señas en su rostro, gente arrodillándose sin una finalidad aparente, gente haciendo sonidos similares mientras junta sus manos en el pecho, gente danzando, etc.

Dirían que somos esencialmente sociales y que nuestra organización es muy compleja. Nos describirían como seres que en todo momento mostramos inquietudes intelectuales. Se diría que los humanos carecemos de herramientas corporales para sobrevivir, carecemos de garras, de dientes, de cabello, de rapidez, de fuerza, que nuestro cuerpo es frágil y muy vulnerable. Sin embargo, se señalaría que nuestra forma de conducirnos es lo que nos hace diferentes, y que ello es fruto de un instinto que tenemos que nos lleva a querer entender las situaciones y los procesos, y no sólo eso, sino que también tenemos la tendencia a querer explicar esas situaciones y esos procesos, predecirlos e incluso controlarlos. Seríamos descritos como una especie muy dada a querer controlar nuestro entorno y con una capacidad de abstracción impresionante.

Ya en el enfoque de la “tabula rasa” se sugiere que las personas somos la suma de nuestros aprendizajes, que al nacer es como si fuésemos una caja vacía que se va llenando de cosas. Según esta corriente de pensamiento, la identidad se va formando lentamente y es un reflejo de nuestros contenidos, y cómo esos contenidos al principio se adquieren con un escaso o nulo discernimiento, pero que conforme transcurre el tiempo, los contenidos que ya llevamos almacenados comienzan a condicionar la entrada de nuevos conocimientos, permitiéndoles el paso si son congruentes con aquello que ya tenemos archivado, o negándoles el acceso si no coinciden con lo que ya tenemos. Esta explicación sirve para demostrar las razones de por qué creemos, pero simplifica la descripción de nuestros procesos cognitivos a un grado tal que se deja de lado la importancia de muchos procesos del pensamiento.

Citamos lo anterior porque aquí es donde hemos de empezar a referirnos a la psicología evolutiva. En el ejemplo que hemos venido dibujando (el del ser de otro planeta al que le encargan que nos incluya en un libro de historia natural), el naturalista intergaláctico haría observaciones sorprendentes. Diría que suponer que los cachorros humanos tienen la mente vacía y que se empiezan a llenar con conocimientos es una suposición inexacta. Referiría el naturalista que, al igual que las crías de cocodrilo saben nadar inmediatamente de salir del huevo o las crías del cervatillo se ponen en pie casi instantáneamente de que son paridos, los cachorros humanos, desde su edad más temprana, muestran signos de capacidades intelectuales que ya les son inherentes.

A su nivel, los bebés comienzan a buscar explicaciones a las cosas, comienzan a predecir cosas, realizan deducciones causales del tipo de “cuando hago esto, pasa esto”, comienzan a representarse la realidad pese a que no la tengan enfrente, comienzan a establecer las conexiones que unas cosas tienen con otras. No sólo almacenan información, sino que la archivan y clasifican, van a por ella si es necesario cotejar algo, a veces estas asociaciones se traducen en algún tipo de comunicación, pero otras muchas veces son asociaciones que quedan ahí guardadas, latentes, sin servir aparentemente para nada. En pocas palabras, comienzan a despertar en un rasgo temperamental que les acompañará toda la vida: suponer que las cosas tienen una relación y un por qué, un origen, que alguien las hizo. Comienzan a hacer inferencias.

Así, los seres humanos poseemos Sistemas de Inferencia, mismos que se adaptan a las necesidades de conocer el mundo, a tal forma que algunos sistemas se aplican a unos rubros de la vida y otros sistemas a otros. Cuando llegamos a una conclusión sólo reparamos a la respuesta final de dicho proceso. Sería aburrido aclarar por qué dijimos lo que dijimos, pues en alguna simple frase puede que hayan participado incontables archivos y asociaciones que se desarrollaron a nivel subconsciente. Es decir, a nivel subconsciente se infieren cosas, y es innecesario reparar en ello, o explicar cómo funciona, sencillamente es un logro de maduración evolutiva que nos hace actuar rápido y acorde a los estímulos que recibimos.

Así como habrá sistemas de inferencia que tienen que ver con el galanteo, o con las relaciones personales, o para la alimentación, o para la protección, haciéndonos competentes para tales funciones, también hay sistemas de inferencia que, si se nos permite expresarlo así, evolutivamente están hechos para dotar a la persona de las intuiciones necesarias para poder realizar bien la capacidad de fe, la capacidad de pensamiento religioso.

Hasta aquí, el sistema de inferencia que nos hace competentes para el pensamiento religioso es justo como cualquier otro sistema de inferencia, pero ese no es el punto, sino que el punto es ¿Por qué el proceso evolutivo ha prestado atención a la función religiosa? ¿Por qué nuestra naturaleza reconoce dicha función como relevante, al grado de especializar un “instinto psicológico” para ello? La naturaleza es muy práctica y emprende sus adaptaciones ahí donde hay necesidades vitales ¿Qué necesidad es la que se atiende aquí?

Adelantándonos un poco. Hemos venido diciendo que para la naturaleza humana la tendencia a explicar y controlar es no sólo inevitable, sino esencial para la supervivencia, lo cual ya apunta una similitud entre tales tendencias y lo que referimos como respuesta a la pregunta de cuál es el origen y para qué sirve la religión. Los sistemas de inferencia persiguen explicaciones y orden, mientras que la religión, se ha referido, se ha considerado como fuente de ambas cosas.

La relevancia de esto sólo puede darla la psicología evolutiva en conjunción con la antropología (y la arqueología, si cabe), pues éstas disciplinas no presuponen que el ser humano siempre tuvo las habilidades que tiene ahora, sino que se remonta a eras en que el ser humano era, por decirlo con cierta dulzura, más “ingenuo” o “poco listo”. En aquellas épocas silvestres, vivir ajeno a una comunidad, por pequeña que ésta fuera, no era una opción. La noción de grupo era fundamental para sobrevivir. La falta de líderes que pudieran convocar a su alrededor una comunidad tampoco podía ser un requisito para asociarse, pues con o sin líder había que estar unido si se quería sobrevivir.

El pensamiento religioso, como un hilo que engarza a una comunidad en un vínculo común, supuso estabilidad y control a lo largo de siglos, lo que permitió que las comunidades florecieran sin depender de los distintos vaivenes de la propia sociedad. En nuestra opinión, el vivir en sociedad sigue siendo indispensable para el ser humano, y enraizada en la capacidad de socialización está el pensamiento religioso.

Hay un texto de Alejandro Jodorowsky que se llama Epistemología, que dice: “Con asombro el camaleón descubrió que para conocer su verdadero color debía posarse en el vacío”. La realidad del hombre ha sido así, con una capacidad de socialización inundada de pensamiento religioso. Así, por citar un ejemplo, un ateo nunca sabrá cómo sería la sociedad sin Dios, porque aún su convicción de que Dios no existe sólo puede vivirla en medio de una comunidad repleta del sistema de inferencia tendiente al pensamiento religioso, y no sólo eso, sólo puede estructurar sus convicciones desde su propio sistema de inferencia de pensamiento religioso. Puede que sus creencias sean diferentes, pero para creerlas utiliza un mecanismo idéntico a aquel que utilizan los que creen una cosa totalmente opuesta a sus ideas.

Pareciera que estamos promocionando las bondades de la religión.

¿”Bondades” será la palabra que debemos usar? Sólo hemos referido esto como hecho y como sistema de inferencia. Si es bondad o no es algo que le tocará decidir a nuestros lectores; el curso de la sociedad mundial, o el desarrollo por fracciones de población que comparte una misma creencia, o la felicidad que hay en cada hogar, será lo que nos dé la respuesta. El paradigma sigue siendo el hecho de que hay personas que lejos de explicarse el mundo con la religión, lo complican más con informaciones rebuscadas y complicadas; lo son aquellos que en vez de encontrar consuelo reciben una carga de culpa y estrés impresionante; lo es el surgimiento de caos fruto de la diferencia religiosa y la existencia de conductas destructivas que se fundan en la religión. Vistos estos límites se coincidirá que no por necesaria la religión genera exclusivamente “bondades”.

4.2 La religión como fuente de consuelo

Existe la opinión de que el hombre inventó la religión para tener un control sobre la muerte. Esta opinión crítica tiene sus fisuras, pues sin importar en qué crean, la mayoría de las personas está bien conciente de que se va a morir tarde que temprano. Luego, no se tiene control sobre la muerte. Lo que sí se tiene es una postura ante la muerte, una perspectiva ante la muerte, y ella surte sus efectos en esta vida más que en la “otra”. De ahí en más, tendemos a creer que religión es lo mismo para todos, y no es así, hay pueblos cuyas tradiciones religiosas se centran en el lapso vital del hombre, y no piensan en la muerte, y en algunas civilizaciones tribales ni siquiera consideran una figura de Dios.

Volviendo a nuestro ejemplo del libro de historia natural en el que se incluyera la especie humana como una más, tenemos que éste describiría al ser humano como una especie capaz de reflexionar en su propia mortalidad. Las doctrinas acerca de lo que ocurre después de la muerte pueden ser abstracciones verdaderamente complicadas, sin embargo, nuestro sistema de inferencia puede asimilar bastante bien este tipo de enseñanzas. ¿En qué forma reporta beneficios operativos a la persona el que tenga una cosmovisión que le explica y le hace más aceptable la muerte? No lo sabemos, creemos que para cada quién funciona diferente.

No sólo la muerte puede ser objeto de consuelo, también puede serlo la vida. Las religiones pueden dar consuelo emocional ahí donde no hay otros elementos que funcionen. Las sectas destructivas, y algunas organizaciones religiosas no sectarias, imponen un importante contra discurso a la anterior afirmación, pues imponen regímenes esclavizantes o cosmovisiones extremadamente culpígenas, o promotoras del dolor y el desánimo.

En ocasiones el consuelo hace las veces de una convicción subyacente que trasmite fe en cada actividad de la vida.

Lo importante es saber que las capacidades para materializar este consuelo obedecen a mejoras evolutivas que implican un entramado bioquímico que respalda el ejercicio de la creencia religiosa. No juzgamos aquí si la religión de que se trate nutre el entusiasmo del creyente o si lo sume en un hoyo de tristeza, pues cualquiera de las dos vertientes es posible gracias a que este aspecto se ha asimilado como un proceso de inferencia destinado para ello.

4.3 La religión como fuente de orden social.

Imaginemos que las escuelas tuvieran bajo sus hombros la responsabilidad exclusiva de enseñar valores o principios como el respeto a la vida, el respeto a la propiedad ajena, el uso de la verdad, el ejercicio de la compasión, el respeto por nuestros mayores. Suena complicado dada la evidente falta de consenso que hay acerca de innumerables temas morales y de conducta. Adicionalmente, la escuela empieza ya entrada la niñez, por lo que, aplazar la educación moral del niño en espera a que llegue el momento de que ingresa a la escuela supondría un error educativo de enormes proporciones.

Luego la educación moral o ética del niño comienza en casa. Dicho esto, reflexionemos que la mayoría de las casas no cuenta con una preparación pedagógica para enseñar el vasto universo de convencionalismos sociales y morales que un niño necesita para encajar en la sociedad. Si a eso adicionamos que esta educación ha de hacerse a un nivel de principios y no de manera casuística, todo se enreda más.

Por ejemplo. Un niño toma un cuchillo afilado y quiere cortarle una pata a un perro porque ello le resulta divertido. Desde luego con un poco de habilidad podría hacerlo. Salvo que se tratara de un papá psicópata, cualquier padre le prohibiría a su hijo que cometiera tal cosa. El niño le contesta: “¿Por qué?”. Imaginemos un fuego cruzado de razones:

No lo hagas porque vas a hacer un regadero de sangre.

No te preocupes, limpio todo bien.

Dejarás a la familia sin mascota.

No, se la cortaré a este perro vagabundo que encontré.

Te morderá.

No tendrá tiempo.

No, pobre perro.

Sí, pobre perro.

No te ha hecho nada.

Sí, me ladró.

No es divertido.

Para mí sí.

No lo hagas porque es malo.

¿Qué?

Si se observa este ejemplo, la refriega de opiniones y la cretinez del niño no ameritan demasiada atención, sino que parece que hay que agotar la cuestión con una indicación dogmática que el niño debe aprender, no porque tenga razones prácticas, sino porque así son las cosas.

Así como los medicamentos tienen un excipiente (sustancia inerte que se mezcla con los medicamentos para darles consistencia, forma, sabor u otras cualidades que faciliten su dosificación y uso), así hay cientos de aprendizajes de orden moral que encuentran en la religión el vehículo perfecto para transmitirse rápida y efectivamente. Razones como: “Las almas buenas no se divierten haciendo daño a los seres vivos. A Dios no le gusta ese tipo de diversión malsana, pues los perros son criaturas también”, serían sencillas siempre que se admita como requisito ontológico que Dios existe. Admitida la existencia de Dios esta enseñanza de respeto a los animales es lo más simple y entendible del mundo.

Así como esta enseñanza, en apariencia trivial e infantil, así se transmiten toda serie de valores, y en muchos casos la religión es esa metodología que permite la transmisión de este conocimiento. Si estos conceptos, que hemos catalogado arbitrariamente como “educativos”, se adicionaran con cierta obligatoriedad y constituyeran imperativos no sólo morales, sino normas que pudieran traer toda serie de sanciones, comenzaríamos a entender este tópico de que la religión sostiene gran parte del orden social.

Esto no es nuevo, sino que data desde las épocas más primitivas de la humanidad, aun antes de que se establecieran códigos de derecho estaban los convencionalismos religiosos que regulaban la conducta social. De cierto, no sabemos si el hombre podría sobrevivir socialmente sin religión, después de todo, no es posible ya volver experimentalmente a cero para ver cómo ocurren los hechos en un nuevo ensayo. Ajustándonos a un enfoque antropológico, nuestra posición (la de Counseling Humanista al menos, Usted tendrá la suya propia) es no pelearnos con ello y simplemente admitir que las cosas son así.

4.4 La religión como respuesta a la tendencia natural del hombre hacia la ilusión.

Hay tantas cosas en este mundo que están condenadas a no ser una realidad que se pueda tocar. El punto que nos ocupa ha sido explicado de distintas maneras. Una de ellas es decir que hay tendencia a la ilusión gracias a que se relaja el criterio para verificar las cosas, lo que nos lleva a otra explicación: que es más cómodo aceptar algo que refutarlo o demostrar su certeza. Después de todo, creemos tantas cosas que no nos constan y de las cuales no iremos a investigar el origen o certeza.

Si existe esta tendencia a creer cosas que no son demostrables ¿Por qué no habrían de creerse toda serie de cosas de naturaleza trascendental o espiritual?

Pareciera que estamos hablando de una postura ilimitadamente crédula en la cual las personas no pueden resistir creer todo lo que se les hace llegar, pero la realidad es bien distinta: si bien tenemos una tendencia a la ilusión o a lo no verificable, de cierto realizamos un complejo proceso de selección a través del cual decidimos qué creer. Y es aquí donde las cosas se tornan interesantes. ¿Por qué millones de personas creen en entidades no demostrables? ¿Cómo es qué para ese número de personas tales creencias les aportan sentido?

Como veremos más adelante, lejos de que creamos todo lo que se nos ofrece, nuestros sistemas de inferencia religiosa es especialmente selectiva de aquello que se va a creer.

Las siguientes dos expresiones son indemostrables, sin embargo una coincide con nuestra idea de religión y la podemos tomar por cierta, y la otra, en cambio, la consideramos un disparate.

En el cielo existe un Dios que es invisible e inmortal.
Las ciudades están pobladas de resortes invisibles e inmortales que saltan de un lado a otro.

¿Por qué la segunda afirmación nos parece una estupidez siendo que en ambos casos se está hablando de elementos invisibles e inmortales? La explicación está en nuestros sistemas de inferencia. Esto demuestra que es mentira que las personas creerían cualquier cosa; es probable que así lo parezca, sin embargo, el enunciado es incorrecto. Completo diría: Las personas creerían cualquier cosa siempre que se ajuste a los requisitos que exige el pensamiento religioso y ello le haga sentido.

5. Patrones de los conceptos religiosos.



La antropología no es una oficina de permisos para hacer tal o cual cosa. A veces se confunde esto. Dicho de manera simple, la antropología, al igual que otras disciplinas que estudian los más distintos fenómenos, lo que hace es llegar a un lugar, observar lo que pasa, y comenzar a desentrañar las razones de aquello que pasa. Luego, si la antropología sugiere los requisitos de la creencia religiosa, ello no significa que Dios, o la religión, necesite el permiso de la antropología para existir, sino por el contrario, porque Dios y la religión figuran como parte importante del comportamiento humano es que la antropología les estudia.

Luego, la antropología no hace sino relatar aquello que ve para luego intentar explicarlo. Por tanto la religión sigue siendo como es, y su clasificación en nada debe variarla. A diferencia del creyente, la antropología no puede cerrarse y decir que hay sólo una religión, pues no puede ignorar la existencia de varias.

Para dejar más en claro cómo las creencias religiosas son en realidad muy limitadas en cuanto al tema que tratan, seguiremos con los ejemplos. Habíamos compartido las siguientes dos afirmaciones:

  • En el cielo existe un Dios que es invisible e inmortal.
  • Las ciudades están pobladas de resortes invisibles e inmortales que saltan de un lado a otro.


Agreguemos una:

  • Dios mandó al mundo unos animales llamados alebrijes, invisibles, los cuales son traviesos y la causa de toda serie de accidentes inexplicables, tales como cosas que se caen solas o cosas que se pierden misteriosamente, y a veces nos provocan comezón con sus pequeñas antenas.


Para comprender al análisis que sigue necesitamos hacer un paréntesis que nos lleve a entender tres elementos de análisis que nos serán de utilidad. Estos elementos de análisis pueden aplicarse a las afirmaciones que hemos insertado aquí, o a cualquier otra idea. Diríamos que para la comprensión de algo nuestra mente echará mano de los siguientes tres elementos de análisis:


Inferencias automáticas

Expectativas

Ontológicas
(inherentes a la naturaleza o a la razón de ser de lo que se describe)

Son todos aquellos datos que nuestra mente extrae de manera automática de su memoria; es decir, al recibir un estímulo se acude a la información con que ya se cuenta.

Con la información extraída de nuestra vasta memoria, más la afirmación nueva, uno puede abrir, automáticamente, expectativas, sacar conjeturas de lo que puede pasar.

La información recibida; más las inferencias automáticas; más las expectativas, son acomodadas en nuestro sistema psíquico, el cual, al acomodar todo respeta las categorías de aquello que va a almacenar.

Tomemos para análisis la tercera afirmación:

  • Dios mandó al mundo unos animales llamados alebrijes, invisibles, los cuales son traviesos y la causa de toda serie de accidentes inexplicables, tales como cosas que se caen solas o cosas que se pierden misteriosamente, y a veces nos provocan comezón con sus pequeñas antenas.


Cuando escuchamos la palabra “Dios” no sólo pensamos en su capacidad para mandar alebrijes a la tierra, si así lo deseara, sino que al instante vienen a nuestra mente toda serie de características como que es omnipresente, omnipotente, inmortal, etc., y lo mismo pasa con los alebrijes, de quienes suponemos características animales, mismas que nadie nos dijo, pero las inferimos. Por ejemplo, al no haberse aclarado esto, pensamos que, aunque invisibles, los alebrijes tienen algún medio de locomoción, y no pensaremos otra cosa sino hasta que se nos diga alguna información omitida, como por ejemplo: “se teletransportan”. Eso de traer todos los datos para completar la comprensión de algo es la inferencia automática.

Asimismo, creamos expectativas. De inmediato nos preguntamos ¿Qué buenas razones tuvo Dios para mandar alebrijes a la Tierra? Nos resistimos a creer que lo hizo sin intención alguna, y especulamos que tal vez los mandó para quitarnos lo orgullosos, o para hacer la vida más divertida, o para castigarnos, etc. No sólo concluimos datos, sino que especulamos intenciones y posibilidades de futuro.

Los alebrijes fueron descritos como animales, por lo que les atribuimos categorías ontológicas propias de esa definición. Eso de ontológicas lo entendemos como “propias de su naturaleza” o “propias de su razón de ser”, no nos imaginamos que sean de metal, por ejemplo.



En su libro “¿Por qué tenemos religión?”, Pascal Boyer refiere que el psicólogo Tom Ward hizo experimentos en los cuales pedía a distintas personas que dibujaran animales imaginarios. Los resultados fueron que, pese a que las personas tenían la absoluta libertad de diseñar su animal infringiendo cualquier regla de la creación, las estructuras corporales de los diseños terminaban respetando las características principales de los animales reales.

En nuestro ejemplo, citábamos que los alebrijes tenían antenas. Seguro que la mayoría de las personas imaginan que tiene dos, o cuatro antenas, pero no una o cualquier otro número impar. Es decir, nuestro conocimiento de las cosas nos hace inferir que las antenas regularmente vienen en pares, y así imaginamos al alebrije. Todo cuadra.

Hay categorías como “Ave”, de la cual podemos desprender elementos de un rango inferior, por ejemplo, “Avestruz”, que sería una subcategoría. Si viésemos por primera vez una avestruz, y se nos dice que es un ave (pese a lo evidente de esto), no necesitarían aclararnos que se reproduce mediante huevo, pues es una característica propia de la
categoría ontológica de las aves, sin embargo, la subcategoría “avestruz” nos permite otras inferencias.

Si alguien nos contase la siguiente situación
“Y entonces el ave cayó en el pozo”, la inferencia que permite la categoría ontológica “Ave” no nos aporta gran información. Las subcategorías ya hacen más específica la información. Es distinto decir “Y entonces el colibrí cayó en el pozo” que “Y entonces el avestruz cayó en el pozo”, las inferencias serán distintas, pues el colibrí saldrá volando, mientras la avestruz habría quedado atrapada.

Dicho esto, podemos dar paso a la revisión de lo que refiere Pascal Boyer en su obra
“¿Por qué tenemos religión?”:

“Las representaciones religiosas son combinaciones específicas de representaciones mentales que satisfacen dos condiciones. Primero, los conceptos religiosos violan ciertas expectativas de las categorías ontológicas. Segundo, conservan otras expectativas.”

Por poner un ejemplo, citemos una representación mental que cumpla las dos condiciones:

“Esta era una avestruz que volaba”, donde “avestruz” es la categoría ontológica, adicionada de una característica especial que viola las expectativas de dicha categoría: “que vuela”.

Por llevar este ejemplo a una creencia religiosa, tomemos el siguiente ejemplo, tomado de distintas tradiciones religiosas (aclaremos, el cristianismo no es la única religión que relata este tipo de suceso): “Una mujer dio a luz un hijo, pero es virgen”. Donde “una mujer que da a luz un hijo” es la categoría ontológica, y se adiciona una característica especial que viola las expectativas de dicha categoría: “que es virgen”.

Son ejemplos muy simples que sintetizan de una manera impresionante un tema que es, de cierto, muy complejo. La verdad es que el pensamiento religioso se nutre de este tipo de construcciones mentales donde una categoría ontológica se ve adicionada de una característica especial que contradice las demás características que le son implícitas a esa categoría ontológica, volviéndola extraordinaria; contradiciendo también lo que intuitivamente se espera de la categoría ontológica de que se trate.

Decíamos que tenemos sistemas de inferencia, que cuando tenemos contacto con un concepto o situación nuestra mente busca en nuestra psique ideas relacionadas, trayendo intuitivamente muchos datos o información que completa nuestra comprensión de las cosas. A las informaciones que contradicen las intuiciones que de manera natural realiza nuestra psique se les puede llamar contraintuitivas.

Si escuchamos el término avestruz, todo nuestro sistema de inferencia dirigirá sus conclusiones en el sentido de que es un ave que no vuela, pero luego viene una característica en sentido contrario que dice que “esta avestruz en particular” sí vuela. A ello nos referimos con contraintuitivo, una afirmación que va en sentido opuesto de aquello que nuestra mente intuye.

A veces el elemento extraordinario se da por mezcla, es decir, por combinación de dos categorías ontológicas diferentes. Cabe decir que por lo común estas mezclas atienden a categorías ontológicas cercanas, y al decir que son cercanas nos referimos a que comparten muchas características de inferencia.



Pongamos por ejemplo las sirenas. Son sirenas porque son, mitad persona, mitad pez. La sirena convencional tiene el torso humano y la cola de pez, la sirena no convencional tiene lo de debajo de humano, y la parte superior de pez. En ambos casos estamos hablando de mitad y mitad. ¿Por qué la llamada “sirena no convencional” nos parece tan contracultural o aberrante? Ninguna de las dos existe (al menos nosotros no las hemos visto), sin embargo, la primera es simpática, mientras que la segunda provocará algo de rechazo.

La sirena convencional viola la expectativa de la categoría ontológica específica “mujer”, pues le adiciona un elemento que le vuelve extraordinaria: cola de pez en vez de piernas, ni más ni menos. Sin embargo, conserva los demás elementos, un rostro y torso de persona. Se presupone que conserva todas las características psico-afectivas y cognitivas de una humana, tan es así que hasta coquetea con los marineros y, se dice, cantan muy bien. Para efectos de motricidad y capacidad de nado la cola de pez y las piernas serían categorías ontológicas cercanas, pues ambas permitirían realizar la actividad del nado. No se explica cómo respira esta sirena, ni si su reproducción pasa a ser ovípara, ni se dan detalles de cómo excreta, pero a nadie le interesa.

La sirena no convencional representa un ejemplo distinto. El torso humano y el “torso” de un pez son categorías ontológicas bastante alejadas, pues tienen pocas inferencias en común. Se ignora si el pez piensa o si se va a limitar a repetir la letra “o” muchas veces, se ignora si habla, no tiene brazos y se duda que su nado sea muy eficiente. Hay mezcla de categorías ontológicas y ello da a luz un ser extraordinario, tanto que deja de ser atractivo para efectos mitológicos.

Por lo tanto, la “sirena no convencional” nos hace corto circuito desde nuestro sistema de inferencia; no sólo tiene elementos contraintuitivos, sino que encierra distorsiones que nos parecen monstruosas que nos hacen suponer que es un ser imposible, situación que parece no aquejar a la otra sirena, la bonita, pese a que es igual de inexistente.

Luego, nuestros sistemas de inferencia nos dicen qué creencia sí nos cuadra y cuál no.

Existe una gran cantidad de figuras en las cuales la gente puede creer. Éstas corresponden a tipologías bastante limitadas. Si bien las creencias que incluyen una categoría ontológica y una violación a la misma pueden ser infinitas, aquellas que son abrazadas por la creencia popular son muy pocas.

Salvo creencias verdaderamente atípicas, las creencias compuestas por categorías ontológicas seguidas de una violación a las mismas pueden agruparse en los siguientes tipos:

  • Seres que tienen características físicas contraintuitivas: Un ángel hecho de luz, un fantasma hecho de energía vital.
  • Personas con una biología contraintuitiva: Una madre que es virgen.
  • Seres con propiedades psicológicas contraintuitivas: una persona que adivina el pensamiento de los demás.
  • Animales con cualquiera de estas características anteriores.
  • Objetos con propiedades biológicas: Una estatua que llora sangre.
  • Objetos con propiedades psicológicas: Una imagen que escucha nuestras plegarias.
  • Combinación de varias de éstas.


Aquí ya se va percibiendo cuan inexacto es decir que las personas pueden creer en lo que ellas quieran, no porque alguien se los impida, sino porque su propio sistema de inferencias y su propia lógica mental les impondrá requisitos prácticamente infranqueables que les obligarán a elegir de entre un muy reducido número de creencias “espiritualmente posibles”; tal como si se nos dijera, puedes creer en lo que quieras, pero… cuida de que la creencia incluya sólo categorías ontológicas cercanas… cuida que esa cercanía pueda servir de metáfora a un acontecimiento significativo.

Con esos dos requisitos se acorta la posibilidad “infinita”. Es como si a un hombre le dijesen que puede casarse con quien él quiera, pero de inmediato le dicen que excepto las casadas, las que sean familiares suyas, las que no estén en edad fértil, las que vivan en un país diferente, que no sean de su misma religión, y que encima de todo lo anterior no lo encuentren a él feo o poco interesante o atractivo. La infinitud de opciones para casarse pasa, de millones, a unas cuantas mujeres, si no es que a una o dos. Así las creencias, uno puede creer lo que quiera, pero de inmediato vienen los requisitos que hacen de esta infinidad de opciones, sólo un puñado.

Visto esto, nos resta nada más entrar en el tema de por qué unas creencias, que ya han pasado este filtro de tener potencial para ser consideradas religiosas o espirituales, tienen qué enfrentar un último filtro en el que nos significan algo.

Pascal Boyer y Justin Barret investigaron el impacto que las violaciones ontológicas producían en la memoria, a fin de identificar qué hacía que algunas creencias permanecieran más fácilmente en la cultura que otras. Descubrieron que las personas recuerdan mucho mejor las descripciones de objetos, personas o animales que implican violaciones a las expectativas intuitivas, y recuerdan menos aquellas descripciones que alteran poco o nada la naturaleza de lo que describen. Por ejemplo, si alguien nos cuenta que vio un perro que tenía puros dientes planos, y alguien nos cuenta que vio un perro con dos cabezas, al cabo del tiempo es más probable que olvidemos al perro de la sonrisa que al de dos cabezas, porque el la primera descripción se habla ciertamente de una rareza, pero una que no altera la expectativa ontológica, mientras que la segunda, la de las dos cabezas, sí. Por ello los autores citados pudieron afirmar que la rareza no es una parte fundamental de la creencia religiosa o sobrenatural, pero la violación ontológica sí lo es.

Con todo lo dicho, tenemos que un pueblo puede compartir sistemas de inferencia parecidos. Las creencias se asientan en la mente de las personas dado a que éstas están hechas para inferir cosas, para creer. Los conceptos sobrenaturales y religiosos llegan, en muchos casos, para quedarse; y se transmiten de generación en generación, enraizando en la cultura mediante su naturaleza extraordinaria.

Repetimos lo que decíamos al inicio de este artículo, la religión es un proceso individual con repercusiones sociales, con eco social. Se teje en nuestras inferencias, en nuestras expectativas, en nuestro entendimiento del mundo.

Este tema está condenado a sólo explicar cómo son las cosas, pues no puede descubrir el cómo se originó todo esto. Las creencias significativas se transmiten, por razones de continuidad, a través de conceptos plenos de extraordinariedad, como un recordatorio de que, para que algo permanezca, tiene que ser extraordinario; pues lo ordinario perece.

Finalicemos este artículo citando lo que dice Pascal Boyer en su obra “¿Por qué tenemos religión?”:

“Generalmente llamamos religiosos a los conceptos sobrenaturales cuando tienen un impacto social muy importante; cuando se realizan rituales que incluyen estos conceptos; cuando la gente define su identidad de grupo en relación con éstos; cuando estados emocionales intensos se asocian a éstos, y así sucesivamente”.

En pocas palabras, la religión, ya como acto individual, ya como conducta social, está asociada a nuestras habilidades psicológicas más inmediatas, por ello en
Counseling Humanista nos atrevemos a decir que la espiritualidad de la persona es una capacidad que debe salvaguardarse, y aunque sea el pan de cada día el ver que una persona cambia unas creencias por otras, es evidente que la creencia como acto, como habilidad, es algo que no debe perder.

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